La historia de las sensibilidades ha sido durante décadas dominio exclusivo de unos pocos pioneros, ya que escribir el relato de la vida sensible y afectiva de los individuos y las sociedades de antaño es un empeño tan atractivo como complejo. No obstante, obviar este ámbito de la vida supone nada menos que mutilarla, pues, al reconsiderar la relación entre cuerpo y mente, esta historia a flor de piel nos brinda un nuevo modo de aproximarnos tanto a la experiencia individual como colectiva.
Hace tres siglos, Voltaire publicó su "Diccionario filosófico", donde abordaba temas tan singulares como el adulterio, las montañas o la desnudez. En 1957, otro pensador francés, Roland Barthes, reflexionó en "Mitologías" sobre pasiones masculinas como la lucha libre, el striptease o el Citroën DS. Desde los inicios de la filosofía, los grandes pensadores no han podido evitar aplicar sus brillantes mentes no solo al sentido de la vida, sino también al del café, los gases intestinales o la instalación eficiente de una caldera. Ahora, desde Wollstonecraft hasta Wittgenstein, de Lao Tse a Locke, de Aristóteles a Arendt, "Grandes mentes y pequeñas cosas" reúne sus observaciones más curiosas en una miscelánea tan entretenida como iluminadora, que consigue que las trivialidades del día a día parezcan, de repente, mucho más sofisticadas.
La figura de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, 27 de agosto de 1770 - Berlín, 14 de noviembre de 1831) ha tenido una recepción tan contradictoria a lo largo de la historia como lo fue su propia filosofía. Aclamado y casi venerado durante buena parte del siglo XIX, convertido en una suerte de filósofo oficial del estado prusiano, con el cambio de centuria su prestigio sufrió una vertiginosa caída, hasta convertirse para la filosofía en algo así como una pieza de museo, rara y enigmática. ¿Cuál de esas dos lecturas es la acertada? ¿O quizás no lo es ninguna de ellas y, como nos habría sugerido el proprio Hegel, deberíamos alcanzar una síntesis que las supere? Este es, en parte, el propósito de este libro, una invitación a introducirse en el pensamiento de Hegel, o al menos a provocar una cierta curiosidad por el autor.
De lo que no se puede hablar, más vale guardar silencio. Ludwig Wittgenstein revolucionó la historia del pensamiento en dos ocasiones. Es por ello que se distinguen dos etapas claras en su pensamiento: la primera ―a la cual pertenece esta sentencia― corresponde a la teoría pictórica del significado y la segunda gira en torno a la máxima «el significado de una palabra está en el uso». La honestidad de su trabajo filosófico fue tal que no titubeó a la hora de tirar por tierra la idea principal de su primera etapa, que aún muchos veneraban y que él mismo había entendido como punto final de la filosofía. Este libro presenta con sencillez los aspectos más importantes de su pensamiento al tiempo que ofrece un retrato de su compleja personalidad, según el propio convencimiento del autor, que sostenía que filosofía y vida no estaban desligados, sino que una era reflejo de la otra y viceversa.
La forma y lo inteligible es mucho más que una reunión de ensayos: es el retrato intelectual de uno de los pensadores más originales del siglo XX en el campo de la historia del arte. A medio camino entre el rigor académico y la intuición ensayística, Klein reflexiona sobre cuestiones como la perspectiva, la naturaleza del símbolo, la pérdida de referentes en el arte moderno o la imposibilidad de una iconografía «pura». Su método, cercano a la fenomenología de Husserl, se basa en una analítica hermenéutica que concilia historia e interpretación, forma y sentido, descripción y crítica. Tal como señaló André Chastel, Klein transita sin confusión de la ciencia al arte y de la filosofía al análisis de los estilos, deteniéndose con predilección en aquellos puntos donde imagen e idea se enlazan.
El «punto cero» es el nivel del suelo, el fondo, el lugar al que uno se repliega y desde el que vuelve a reagruparse. Tomado de un texto de Vladímir Lenin de 1922, La ascensión a las altas montañas, en el que reflexiona sobre la complejidad de «retirarse» sin traicionar la causa, el símil del alpinista se convierte en un modelo de resiliencia, flexibilidad y persistencia de la esperanza. Es la figura del revolucionario encarnando el lema beckettiano: «Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor». En manos de Žižek, esta fórmula sirve para enfrentar los antagonismos del orden mundial existente.