La belleza de los textos de Elvira Sastre acompañada, por primera vez, de sus propias fotografías analógicas, la mayoría de ellas inéditas. Un libro íntimo y personal en el que refleja su mundo interior tanto con palabras como con imágenes, estableciendo un diálogo entre ambos que resalta su composición estética.
Costumbrismo, naturaleza, sencillez, hogar, raíces, detalles: así es este proyecto, vibrante y emotivo; una suerte de cuaderno de bitácora vital conmovedor e imprescindible.
En un atardecer de septiembre de 1905, una niña nace de una madre aturdida por el opio en la antigua ciudad de Esmirna. En ese mismo instante, un apuesto espía indio llega al puerto con una misión secreta del Imperio británico. Navega entre agujas y minaretes dorados, el aroma de higos y sicomoros, y los gritos de los vendedores ambulantes que anuncian sus productos. Cuando marche de Esmirna, diecisiete años después, lo hará aterrorizado por el denso olor a queroseno y humo mientras las llamas devoran la ciudad y sus habitantes hasta su total destrucción. Muchas cosas habrán ocurrido entre su llegada y su partida. Nacimientos, muertes, romances y duelo están por venir mientras estas calles pacíficas y cosmopolitas se utilizan como moneda de cambio tras la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio otomano. Narrada a través de los destinos entrelazados de una familia levantina, una griega, una turca y una armenia, esta inolvidable novela revela una ciudad y una cultura ahora perdidas en el tiempo. Y unos personajes que siguen teniendo muchas cosas que decirnos, pues como afirma Sherezade, 'cuando resurgí de las cenizas de la ciudad perdida, me llamaron Sherezade. A pesar de que un siglo ha pasado desde mi nacimiento, aún no ha llegado a su fin mi vida, condenada a cien años de silencio. Aunque mi lengua esté muda lo contaré todo'.
Nils Vik es un anciano viudo cuya salud ya no está en su mejor momento. Ha tenido un arduo trabajo pilotando un transbordador y una vida austera en algún remoto lugar de la costa oeste de Noruega. Una mañana de otoño se da cuenta de que ha llegado el día. Siguiendo su rutina, se levanta y se afeita para luego salir al fiordo y así emprender su último viaje. En un sentido literal, pero también simbólico: la otra orilla representa la muerte.
Como parte de los preparativos, deja su casa ordenada y limpia. Después, quema el colchón que compartió con su esposa, a fin de evitar que alguien hurgue en sus pertenencias más íntimas, embarca y deja el muelle atrás. A lo largo de su vida ha llevado de un lado a otro del fiordo a parejas de novios y ovejas listas para el matadero, ministros y actores, sacerdotes y maestros. Ha llegado a conocer todas las facetas de la vida humana, y muchos de los pasajeros que ocupaban un lugar en su cuaderno de bitácora, aunque ya fallecidos, vuelven a aparecer en esta historia. Uno a uno, recuerdan una época en la que se decía poco, pero se sabía casi todo sobre los demás. Y pese a que Nils también prefiere morderse la lengua, mantiene diálogos interiores muy animados, a menudo ocurrentes, con su compañera la perra Luna, fallecida hace tiempo.
¿Por qué Nils Vik decide morir ese día? ¿Es el reencuentro con su mujer, Marta, lo que lo impulsa? ¿O acaso se siente acabado desde que el nuevo puente que une ambas márgenes del fiordo ha vuelto prescindible su trabajo?
Al cumplir setenta años, H. Leyvik, quizá el poeta yiddish más laureado, decidió echar la vista atrás para relatar sus experiencias como víctima de la represión tras participar en la Revolución rusa de 1905, cruelmente aplastada por las tropas imperiales, de cuyos rescoldos, doce años más tarde, brotaría la Revolución de Octubre. Primero en las kátorgas del zar―un sistema carcelario que prefiguró el gulag―entre 1906 y 1912, cuando el escritor apenas contaba dieciocho años, y durante su posterior deportación a Siberia, Leyvik rescata del olvido a sus compañeros de reclusión―ya fueran revolucionarios o presos comunes, judíos o gentiles―y evoca su infancia, la educación tradicional que recibió y el despertar de su compromiso político, así como el largo viaje a pie hasta Siberia. Un testimonio tan sobrecogedor como vital, y una profunda reflexión sobre la vida y la libertad.
En el verano de 1980, pocos días antes de la ceremonia de apertura de los célebres Juegos Olímpicos boicoteados por multitud de países tras la invasión soviética de Afganistán, Liza Klein y su madre abandonan Moscú para pasar tres días en el campo, pero ni siquiera estas breves vacaciones permiten a la joven descansar de la severa educación que le impone su protectora madre de orígenes aristocráticos. A través de la relación entre ambos personajes, la autora revisita lugares olvidados para reconstruir el pasado: ¿qué supone haber nacido y crecido en la Unión Soviética?, ¿en qué consistía aquella «educación» y hasta qué punto era, pese a todo, soviética la que inculcaron a sus vástagos las elites nacidas del deshielo?
La cafetería Torunka está escondida en una angosta callejuela de Tokio, un rinconcito del barrio frecuentado tanto por gatos del vecindario como por turistas. Entre sus clientes habituales se encuentran Chinatsu Yukimura, una misteriosa joven que siempre deja una servilleta doblada en forma de bailarina antes de marcharse; Hiroyuki Numata, un hombre de mediana edad que ha vuelto al barrio en busca de la vida feliz que abandonó años atrás, y Shizuku, la hija adolescente del propietario de la cafetería, quien sigue tratando de superar la muerte de su hermana mientras se enamora por primera vez.
Si bien la cafetería Torunka sirve un café ideal, lo que les proporciona a esas almas desdichadas es algo infinitamente más valioso.
En 1999 centenares de jóvenes pasaron por las audiciones para interpretar a Harry Potter. Entre los dos candidatos que llegaron hasta el final, Daniel Radcliffe fue elegido por tener, según la directora del casting, «ese algo extra». Al leer estas declaraciones, David Foenkinos empatizó de inmediato con el chico que no tenía ese toque extra: el número dos. Esta novela narra su historia.
La vida de Martin Hill, un chico con padres divorciados y gafas negras y redondas, da un vuelco cuando acude por azar a la productora londinense en la que trabaja su padre el mismo día en que pasa por ahí David Heyman, inmerso en la búsqueda del actor que encarnará al pequeño mago. Tras ser descartado, Martin irá cayendo en sucesivas depresiones con cada nueva entrega de los libros y las películas. A su alrededor, todo le recuerda el éxito de su rival y poco a poco, en lugar de disfrutar de la vida de Radcliffe, la suya propia empieza a parecerse a la del atormentado personaje de ficción. ¿Podrá sobreponerse a esa mancha en su destino y hacer del fracaso una fuerza?
En Elogio de las sombras, Tanizaki traza un viaje por la sensibilidad estética nipona, contraponiendo los tonos suaves y profundos de la tradición oriental a la luminosidad deslumbrante de la modernidad occidental. Un ensayo que, gracias a su estilo íntimo, preciso y visceral, ha permitido que, casi cien años después, siga siendo un clásico indiscutible de la literatura universal.
Deborah Levy arranca estas memorias recordando la etapa de su vida en que rompía a llorar cuando subía unas escaleras mecánicas. Ese movimiento inocuo la llevaba a rincones de su memoria a los que no quería volver. Son esos recuerdos los que forman Cosas que no quiero saber, el inicio de su «autobiografía en construcción».
Esta primera parte de lo que será un tríptico sobre la condición de ser mujer nace como respuesta al ensayo «Por qué escribo», de George Orwell. Sin embargo, Levy no viene a dar respuestas. Viene a abrir interrogantes que deja flotando en una atmósfera formada por toda la fuerza poética de su escritura. Su magia no es otra que la de las conexiones impredecibles de la memoria: el primer mordisco a un albaricoque la traslada a la salida de sus hijos de la escuela, observando a las otras madres, «jóvenes convertidas en sombras de lo que habían sido»; el llanto de una mujer le devuelve la nieve cayendo sobre su padre en el Johannesburgo del apartheid, poco antes de ser encarcelado; el olor del curry la lleva a su adolescencia en Londres, escribiendo en servilletas de bares y soñando con una habitación propia.
Leer a Levy es querer entrar en sus recuerdos y dejarse llevar por la calma y el aplomo de quien ha aprendido todo lo que sabe (y todo lo que no querría saber) a fuerza de buscar su propia voz.
«Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. A medida que las noches azules se acercan a su fin (y lo hacen, lo hacen siempre), uno experimenta un escalofrío literal, una visión de enfermedad, en el mismo momento de darse cuenta: la luz azul se está yendo, los días ya se están acortando, el verano se ha ido. Este libro se titula Noches azules porque en la época en que lo empecé a escribir sorprendí a mi mente volviéndose cada vez más hacia la enfermedad, hacia la muerte de las promesas, el acortamiento de los días, lo inevitable del apagamiento, la muerte de la luz. Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición.»