Nueva York, 1936. La pequeña casa de comidas El Capitán arranca su andadura en la calle Catorce, uno de los enclaves de la colonia española residente en la ciudad. La muerte accidental de su dueño, el tarambana Emilio Arenas, obliga a sus indomables hijas veinteañeras a tomar las riendas del negocio mientras en los tribunales se resuelve el cobro de una prometedora indemnización. Abatidas y acosadas por la urgente necesidad de sobrevivir, las temperamentales Victoria, Mona y Luz Arenas se abrirán paso entre rascacielos, compatriotas, adversidades y amores, decididas a convertir un sueño en realidad.
Cuando se trata de los grandes temas, como la felicidad, los valores y la responsabilidad, la vida está marcada por preguntas aparentemente interminables. Manson aborda estos problemas con su irreverencia única, ofreciendo ideas y observaciones para ayudarnos a encontrar nuestras propias respuestas.
Cuatro destinos. Dos misiones. Una mujer. Vuelve a sumergirte en un tiempo inolvidable junto a la protagonista de El tiempo entre costuras.
La segunda gran guerra llega a su fin y el mundo emprende una tortuosa reconstrucción. A pesar de que Sira afronta el futuro con ansias de serenidad. No lo logrará, sin embargo. El destino le tendrá preparada una trágica desventura que la obligará a reinventarse, tomar sola las riendas de su vida y luchar con garra para encauzar el porvenir.
Entre hechos históricos que marcarán una época, Jerusalén, Londres, Madrid y Tánger serán los escenarios por los que transite. En ellos afrontará desgarros y reencuentros, cometidos arriesgados y la experiencia de la maternidad.
Sira Bonnard —antes Arish Agoriuq, antes Sira Quiroga— ya no es la inocente costurera que nos deslumbró entre patrones y mensajes clandestinos, pero su atractivo permanece intacto.
Vivimos en un momento muy interesante. En el aspecto material, este es el mejor momento que hemos vivido como sociedad, somos más libres que nunca, más sanos y más ricos que cualquier otra época en la historia de la humanidad. Sin embargo, de alguna manera, todo parece estar irreparablemente destruido: el calentamiento global, los gobiernos se equivocan constantemente, las economías colapsan y todo mundo se siente perpetuamente ofendido en Twitter. En este momento de la historia, en el que tenemos acceso a la tecnología, a la educación y a las comunicaciones, a la que nuestros antepasados ni siquiera podían soñar, muchos de nosotros nos sentimos desesperanzados.
Son malos tiempos para los clarividentes. Scion se ha aliado con los refaítas, una raza de otro mundo extraordinariamente poderosa y que tiene la intención de convertir a los humanos en sus esclavos.
En una proeza de valentía sin precedentes, Paige Mahoney ha logrado liderar una fuga masiva del brutal campamento, Sheol I, donde ella y otros clarividentes fueron encarcelados sistemáticamente.
Paige está desesperada por alcanzar la seguridad del inframundo londinense, pero es poco probable que la despiadada líder de los refaítas, Nashira Sargas, la deje escapar tan fácilmente.
Borges y Bioy Casares compartieron cincuenta años de amistad literaria, buena parte de los cuales los pasaron encerrados, escribiendo juntos. Eran el mismo otro: un tercer escritor, inasimilable a uno tanto como al otro, profundamente excéntrico. De ahí que Bustos Domecq y Suárez Lynch -los alias con que formalizan la existencia del Tercer Escritor- sean algo más que seudónimos. Son escritores de derecho, tan autores como los autores que los inventaron. En ese otro llamado Bustos Domecq o Suárez Lynch descubrieron la posibilidad prematura, y por eso doblemente fascinante, de esa experiencia de balbuceo, inestabilidad y desequilibrio que Adorno llamó "estilo tardío", y que los artistas, según él, sólo alcanzaban una vez que eran dueños absolutos de sus medios artísticos. El estilo tardío es el malestar hecho estilo, una suerte de implosión que sacude la obra y la vuelve contra sí misma, al precio incluso de liquidarla. Esa obra maestra enferma, irreconocible para sí misma, Adorno decía que sólo podía aparecer al final de algo. Con la obra del Tercer Escritor, Borges y Bioy demostraron que también podía aparecer en el medio, en una zona de pasaje, que la pasión política podía ser su motor activo, el chiste al cuadrado su lógica de vértigo y la risa su signo, su huella digital y su música.
Del prólogo de Alan Pauls