¿Cómo podemos protegernos de las guerras nucleares, los cataclismos ecológicos o las tecnologías disruptivas? ¿Qué podemos hacer contra la propagación de la posverdad o la amenaza del terrorismo? ¿Qué debemos enseñar a nuestros hijos?
Con la misma prosa inteligente, fresca y provocadora, Harari vuelve a librerías con un nuevo título, 21 lecciones para el siglo XXI, en el que examina algunas de las cuestiones más urgentes de nuestro presente. El hilo dorado que recorre este estimulante nuevo libro es el desafío de mantener nuestro enfoque colectivo e individual frente al constante y desorientador cambio que estamos viviendo.
¿Somos aún capaces de entender el mundo que hemos creado?
"Vivo una relación con Édouard Louis y Didier Eribon que ya dura más de diez años. Desde los primeros meses de esta amistad, algo cambió en nuestras vidas, se produjo una quiebra profunda en nuestras existencias: empezamos a viajar juntos, a cenar los tres casi sistemáticamente, a crear, a pensar y a intervenir juntos en el espacio público, a celebrar juntos nuestros cumpleaños y los momentos tradicionalmente asociados a la familia, como la Navidad, a compartir la integridad de nuestra vivencia. Más allá de la amistad, esta relación se ha convertido para nosotros en un modo de vida, un conjunto de emociones y de experiencias compartidas, con sus ritos, sus lugares, sus tiempos, sus conexiones con los demás, con el mundo cultural e incluso con el mundo en general.
Salvador Rueda es el creador de un nuevo tipo de urbanismo, el urbanismo ecosistemico, y de una nueva celula urbana: la supermanzana, la base de un nuevo modelo de movilidad y espacio público que prioriza tanto la circulación de peatones y bicicletas como del transporte público y reduce la contaminación, el ruido, las islas de calor& x02026;
A la sombra de Marx propone un cribado del legado teórico marxista a fin de, por un lado, identificar sus callejones sin salida y, por otro, defender y desarrollar aquellos elementos analíticos capaces de contribuir al repertorio de ideas que las fuerzas emancipadoras necesitan para combatir la policrisis contemporánea.
A partir de su experiencia en el equipo de investigación sobre abusos en el cine español de El País, la periodista Ana Marcos reflexiona sobre cómo su trabajo ha impulsado cambios culturales e institucionales. Y constata que lo que ocurre en el mundo del espectáculo es solo un ejemplo más de cómo opera la cultura de la violación en su manera de integrar y silenciar las violencias contra las mujeres.
¿Qué es la cultura?, preguntó el ingenuo. Un jardín sin letrinas, respondió el ingenioso.
Gracias a esta visión beatífica de la cultura, hemos construido un mundo capitalista que exuda transparencia, empoderamiento, autenticidad y humanitarismo. Los lenguajes que utilizamos para hablar de nosotros mismos nos convierten en una suerte de ángeles de la democracia. Y ello sin que, al tiempo que nos concebimos culturalmente en un espejo tan favorecedor como el de la igualdad y la diversidad, dejemos de actuar como criaturas interesadas que trabajan, consumen y, en definitiva, practican los rituales del turbocapitalismo.
Esta tensión entre nuestras dos almas apenas es hoy un eco apagado que no levanta ninguna sospecha. Es como si cultura y capitalismo, enemigos históricos durante mucho tiempo, se hubiesen fusionado en el nirvana del culto al yo, se decline este en la mediocridad de los intereses o en la sublimidad de los sentimientos.
Frente a esta antropología un tanto pazguata, cabría insistir, con Bernard Mandeville, el deslumbrante autor de La fábula de las abejas, en que no podemos ser inocentes en sociedades prósperas. Es decir, que el idealismo moral, incluso el propio de democracias subyugadas por la religión de la cultura, el activismo sentimental y la prédica del empoderamiento, no halla cabida en unas rutinas y actividades sociales pautadas por los vicios privados que engrasa el capitalismo.