Orikuchi Shinobu fue un lingüista, etnólogo, folclorista, novelista y poeta japonés. Referente de la crítica literaria nacional y de los estudios del folclore en las primeras décadas del siglo xx, este personaje no estuvo exento de polémica por su asociación con el militarismo japonés, su adicción a la cocaína y su homosexualidad declarada. El presente volumen recoge la primera recopilación del trabajo de estudio y traducción sobre la figura de Orikuchi Shinobu con una serie de ensayos y traducciones publicados por primera vez en español, algunos de ellos sin referente en otras lenguas europeas. Esta obra pretende no solo cubrir un hueco de conocimiento necesario en la niponología hispana, sino también reevaluar la obra, la figura y el legado de este autor.
Alguna noche, suelo ubicar mis horas en la serenidad del barrio de
Almagro: empresa que tiene su poco de catástrofe en cada punta, pues
para ir y volver es obligatorio descender a la tierra como los muertos e
incluirse en una hilera de ajetreos que hay entre la plaza de Mayo y la
estación Loria, y resurgir con una sensación de milagro incómodo y de
personalidad barajada, al mundo en que hay cielo. Claro está que esas
plutónicas y agachadas andanzas tienen su compensación: tal vez la más
segura es poder considerar ese grande y bien iluminado plano de Buenos
Aires que ilustra las paredes enterradas de los andenes. ¡Qué maravilla
definida y prolija es un plano de Buenos Aires! Los barrios ya pesados
de recuerdos, los que tienen cargado el nombre: la Recoleta, el Once,
Palermo, Villa Alvear, Villa Urquiza; los barrios allegados por una
amistad o una caminata: Saavedra, Núñez, los Patricios, el Sur; los
barrios en que no estuve nunca y que la fantasía puede rellenar de
torres de colores, de novias, de compadritos que caminan bailando, de
puestas de sol que nunca se apagan, de ángeles: Pueblo Piñeiro, San
Cristóbal, Villa Domínico.
De una a siete de la tarde -mis horas oficiales o "teóricas" de
trabajo- me confieso un impostor, un chambón, un equivocado esencial. De
noche (conversando con Xul Solar, con Manuel Peyrou, con Pedro Henríquez
Ureña o con Amado Alonso) ya soy un escritor. Si el tiempo es húmedo y
caliente, me considero (con alguna razón) un canalla; si hay viento sur,
pienso que un bisabuelo mío decidió la batalla de Junín y que yo mismo
he consumado unas páginas que no son bochornosas. Me pasa lo que a
todos: soy inteligente con las personas inteligentes, nulo con las
estúpidas.
Hacia 1957 reconocí con justificada melancolía que estaba quedándome
ciego. La revelación fue piadosamente gradual. No hubo un instante
inexorable en el tiempo, un eclipse brusco. Pude repetir y sentir de
manera nueva las lacónicas palabras de Goethe sobre el atardecer de cada
día: Alles nahe werde fern (Todo lo cercano se aleja). Sin prisa pero
sin pausa -¡otra cita goetheana!- me abandonaban las formas y los
colores del querido mundo visible. Perdí para siempre el negro y el
rojo, que se convirtieron en pardo. Me vi en el centro, no de la
oscuridad que ven los ciegos, como erróneamente escribe Shakespeare,
sino de una desdibujada neblina, inciertamente luminosa que propendía al
azul, al verde o al gris. Ya no había nadie en el espejo; mis amigos no
tenían cara; en los libros que mis manos reconocían solo había párrafos
y vagos espacios en blanco pero no letras.
Él tiene que seguir las reglas del juego… pero por ella, estaría dispuesto a romperlas todas.
Como capitán del Blackcastle Football Club, Vincent DuBois debería estar en la cima del mundo.
Pero cuando su fama le trae problemas, se ve atrapado en su peor pesadilla: compartir piso con la hija de su entrenador, sabiendo que ella es una tentación imposible de resistir.
La convivencia se complica cuando ambos hacen una peligrosa apuesta que los acerca aún más, y se da cuenta de que está metido en un lío más grande de lo que pensaba.
Siempre ha jugado para ganar, pero por ella lo arriesgaría todo.
El amor puede ser el veneno más mortal
En el elegante y lluvioso Londres victoriano, Alina Lis es mucho más que una boticaria. En secreto, crea venenos para mujeres que buscan liberarse de los hombres que las han destruido. No falla y nunca deja cabos sueltos…
Hasta que Silas Forbes se presenta en su botica una semana después de recibir una dosis letal. Su regreso no solo amenaza con descubrirla, sino que despierta una conexión tan irresistible como inquietante. Porque Silas esconde algo, y cuanto más se acerca a él, más claro queda que Alina ya no controla el juego.
Entre secretos, deseo y verdades que podrían destruirlos a ambos, Alina deberá decidir si confiar en el único hombre al que no puede matar… o convertirse en la próxima víctima de su propio veneno.