Los textos reunidos en estas páginas tienen orígenes distintos pero una voluntad común: reivindicar el ensayo literario como género en la era de la «pragmática» nonfiction. Y es que el ensayo, como nos recuerda Zagajewski, es una prueba, un eterno errar. Quizá por ello haya atraído a tantos poetas en su intento de «salvar el abismo que separa los dos principales elementos del mundo poético: lo estable y lo inestable, lo previsible y lo indómito, la literatura y la epifanía».
De los versos de Rilke, Herbert, Milosz, Szymborska y Machado a la prosa de Józef Czapski, W. G. Sebald y Hanna Malewska, Zagajewski reflexiona sobre qué significa ser poeta, los retos a los que deben enfrentarse los escritores para reconciliar la distancia artística con la obligación de participar en la vida pública y, claro está, por qué acudir a la poesía en tiempos oscuros.
Heredero de la gran tradición lírica chilena ―reconocida anteriormente por el premio Reina Sofía en la figura de Gonzalo Rojas y Nicanor Parra―, su obra revela el aliento épico y la ambición de la totalidad presente en La Araucana de Ercilla y continuada con títulos como Altazor, de Vicente Huidobro o Canto general, de Pablo Neruda. Estas grandes creaciones, a las que habría que añadir otras universales como la Divina Comedia dantesca ―eje vertebrador de su escritura―, la Biblia, el Popol Vuh, Finnegans Wake, Pedro Páramo, los Cantos de Pound o las leyendas mapuches, dan idea de la magnitud de una poética enmarcada en la tradición de la ruptura pero, asimismo, deudora de los títulos mayores de la historia de la literatura, signada por la coherencia a lo largo de cincuenta años de carrera.
A una isla desierta en la que no hay Dios ni naturaleza ni muerte -como expresó Virginia Woolf- llega un Robinson Crusoe que ha desoído los consejos de su padre y que, perseguido por su mala estrella y tras más de veinte años de rigurosa soledad, encuentra una huella humana en la arena. A partir de una realidad histórica (era costumbre en la época abandonar a un navegante en una isla desierta por razones disciplinarias), y de la experiencia real del náufrago Alexander Selkirk, nació Robinson Crusoe, lectura extremadamente popular en el siglo XIX, y que Georges Méliès llevó al cine en los inicios de este medio. Así, de la obra de Defoe, 'poeta de la paciente lucha del hombre con la materia, de la humildad, dificultad y grandeza del hacer', nació uno de los arquetipos de la historia de la literatura universal.
Jack Gladney, un profesor universitario especializado en estudios sobre Hitler, vive en una pequeña ciudad americana con Babette, su cuarta esposa, y los hijos que ambos han tenido de anteriores matrimonios. Marcados por el consumismo y el miedo a la muerte, los Gladney tratan de llevar una vida familiar tranquila cuando un terrible accidente industrial provoca un «escape tóxico a la atmósfera», una nube de gases letales que amenaza su ciudad. Don DeLillo capta toda la extrañeza de la existencia humana en el mundo contemporáneo. La nube tóxica es una versión más visible y apremiante de ese ruido de fondo que rodea a los Gladney y a todos nosotros: el murmullo incesante de la televisión, las transmisiones de radio, las sirenas, las ondas ultrasónicas y electrónicas, todas esas señales omnipresentes que nos hechizan y nos paralizan. En palabras de DeLillo: «Una historia sobre el miedo, la muerte y la tecnología. Una comedia, por supuesto.
La catedral del mar.
Barcelona. Siglo XIV. El joven Arnau trabaja como palafrenero, estibador, soldado y cambista. Una vida extenuante, siempre al amparo de la catedral de la mar, que le iba a llevar de la miseria del fugitivo a la nobleza y la riqueza. Pero con esta posición privilegiada también le llega la envidia de sus pares, que urden una sórdida conjura que pone su vida en manos de la Inquisición...
Los herederos de la tierra.
En la Barcelona de finales del siglo XIV, el anciano Arnau Estanyol se convierte en el protector de Hugo Llor, un muchacho huérfano cuya vida quedará ligada para siempre tanto a los Estanyol como a sus poderosos y crueles enemigos.
En el amor y en la guerra.
1442. Arnau Estanyol, nieto del protagonista de La catedral del mar, sirve con fervor al rey de Aragón en la conquista de Nápoles cuando los enemigos eternos de la familia aprovechan su ausencia para irrumpir en su palacio y atacar a su hijastra, la joven Marina, con consecuencias devastadoras para todos.