Rememorar episodios antiguos que han marcado el devenir histórico y figuras del pasado que han sido modelo de pensadores, literatos e historiadores a lo largo de la historia no es solo un acto de justicia y de agrado colectivo; es también, o más aún si cabe, un estímulo para indagar en la complejidad de la mente y el comportamiento humano.
Este libro es fruto del estímulo que ha supuesto la celebración a la par, dos mil quinientos y mil novecientos años después, respectivamente, de la Batalla de Salamina y de la muerte del historiador Tácito: de un evento histórico que dio pie a algunas de las obras literarias más bellas e influyentes en la literatura occidental y de un historiador de aguda visión y sensibilidad literaria que, ante todo, profundizó en la relación entre la acción política y el carácter humano.
A través de las páginas de este libro, el lector podrá indagar en ese compacto tejido que crean conjuntamente los hechos históricos y la visión literaria del mundo y de la realidad.
¿Qué tiene que ver la literatura con los principios de la termodinámica y el concepto de entropía planteados por Rudolf Clausius en 1865?
La concepción y el estudio de la literatura suelen remitir a un sistema cerrado y estable. Eso era comprensible en el siglo XIX, pero ya no. Hoy, el estudio de la literatura entendido como exégesis textual y vidas de santos no sirve para explicar cómo y por qué sigue siendo una actividad social y cultural significativa.
Literatura, lengua y lugar se pregunta, aplicando los principios de la termodinámica, qué pasa en la confluencia de estos tres elementos en un mundo acelerado y cambiante.
Una exploración de las formas en las que el poder ejerce su represión y la posibilidad de convertir nuestra mirada en un acto de resistencia.
¿Qué es lo que nuestra sociedad decide no ver? ¿Qué cuerpos pueden ser golpeados, encerrados o explotados sin que nadie se indigne o intervenga?
Allí donde el poder ejerce sus mecanismos de represión de forma más descarada es donde surge lo intolerable. Esto es: no solo lo que sucede en los campos de refugiados o tras los muros de las prisiones, sino también, como nos recuerda Díaz Álvarez –en la estela de Michel Foucault, Angela Davis, John Berger o Richard Mosse–, la complacencia con la que observamos la crueldad sin sentir repulsión, vergüenza ni responsabilidad.