Este nuevo ensayo de Byung-Chul Han es un llamamiento a la salvaguarda de las fuentes de adhesión social y de familiaridad y, al mismo tiempo, se reflexiona sobre estilos de vida alternativos que serían capaces de liberar la sociedad de su narcisismo colectivo.
Los rituales, como acciones simbólicas, crean una comunidad sin comunicación, pues se asientan como significantes que, sin transmitir nada, permiten que una colectividad reconozca en ellos sus señas de identidad. Sin embargo, lo que predomina hoy es una comunicación sin comunidad, pues se ha producido una pérdida de los rituales sociales. En el mundo contemporáneo, donde la fluidez de la comunicación es un imperativo, los ritos se perciben como una obsolescencia y un estorbo prescindible. Para Byung-Chul Han, su progresiva desaparición acarrea el desgaste de la comunidad y la desorientación del individuo.
En este libro, los rituales constituyen un fondo de contraste que sirve para perfilar los contornos de nuestras sociedades. Se esboza, así, una genealogía de su desaparición mientras se da cuenta de las patologías del presente y, sobre todo, de la erosión que ello comporta.
El 8 de mayo de 1945, los últimos representantes del Tercer Reich firmaban en Berlín la capitulación del régimen nazi frente a las fuerzas Aliadas. Ese gesto ponía punto y final a la lúgubre historia de la Alemania de Hitler, pero no necesariamente a la pervivencia del nazismo en Alemania. Para ello, hacía falta mucho más que un simple documento.
En los meses y años siguientes, los Aliados emprendieron un ambicioso proceso de desnazificación, que tenía por objetivo limpiar y reeducar a toda población alemana, a la que consideraban culpable de defender la dictadura de Adolf Hitler hasta el último aliento. A su vez, millones de alemanes se enfrentaban a la necesidad de dar sentido a sus vidas tras haber participado y colaborado en aquel régimen criminal, en un largo y tortuoso proceso edificado sobre reconstrucciones del pasado, omisiones y ocultamientos.
En este libro, el reconocido historiador francés Emmanuel Droit se sumerge en ese proceso de desnazificación para ofrecernos una perspectiva inédita de uno de los aspectos menos estudiados de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias.
Tras el brutal golpe de Estado de 1936, la represión fue uno de los pilares fundamentales para que la dictadura franquista se mantuviera durante cuarenta años en el poder, y la Dirección General de Seguridad (DGS), situada en la Real Casa de Correos, en plena Puerta del Sol, el símbolo del terror impuesto.
Por los calabozos de la DGS pasaron miles de hombres y mujeres que fueron encarcelados, torturados y asesinados: Marcos Ana, Marcelino Camacho, Enrique Ruano, Nicolás Sartorius o el histórico dirigente comunista Julián Grimau, entre otros. A pesar de que la DGS se mantuvo activa hasta entrada la democracia, actualmente no queda vestigio alguno que rememore lo que allí sucedió. Hay placas en honor a los que lucharon el 2 de mayo de 1808, a las víctimas del atentado del 11M o a los muertos por la Covid-19, pero nada que recuerde a todos aquellos que padecieron la dictadura de Franco.