A partir de centenares de entrevistas con amigos, colaboradores y empleados próximos a Anna, Amy Odell despliega una inspiradora historia de poder y ambición en un universo, el de las revistas de moda, tan fértil en glamour como en mezquindades.
De niña, Anna Wintour carecía de cualquier interés por la ropa, pero cuando en la adolescencia descubrió las minifaldas y los cortes de pelo bob, se obsesionó. Su padre, un influyente periodista británico y figura clave en su vida, vaticinó que terminaría siendo directora de Vogue. Ella no cejó en su empeño hasta lograrlo.
Las conexiones familiares le permitieron a la joven Wintour iniciarse como asistente editorial y crecer hasta la dirección de Vogue British en 1985. Abandonó el cargo tres años más tarde para hacerse con la joya de la corona, la edición estadounidense de Vogue, en un proceso de transición más que turbulento. Cuatro décadas más tarde, gracias a su estilo emblemático, su obsesión por la privacidad, su capacidad para las relaciones sociales y su crecimiento imparable en la estructura empresarial de Condé Nast… la incombustible Anna Wintour es ya historia viva de la moda, y por supuesto inspiró el personaje de Miranda Priestly en El diablo viste de Prada.
Las lecturas convencionales de la Antigüedad enfrentan a Atenas con Jerusalén, donde Atenas representa la «razón» y Jerusalén la «fe». Sin embargo, como nos recuerda Susan Buck-Morss, los estudios más recientes han eliminado esta separación. Nombrar el primer siglo como un punto cero –«año uno»– que divide el tiempo en antes y después es igualmente arbitrario, nada más que una conveniencia que carece de sentido empírico. En Año 1, Buck-Morss libera el primer siglo para que pueda hablarnos de otra manera, reclamándolo como terreno común y no como origen de diferencias profundamente arraigadas.
Buck-Morss se propone derribar varias premisas conceptuales que han dado forma a la modernidad como episteme y nos han conducido a algunos impases posmodernos poco útiles. Se acerca al siglo I a través de los escritos de tres pensadores a menudo marginados en el discurso actual: Flavio Josefo, historiador de la Guerra de Judea; el filósofo neoplatónico Filón de Alejandría; y Juan de Patmos, autor del Apocalipsis, el último libro de la Biblia cristiana. También aparecen Antígona y John Coltrane, Platón y Bulwer-Lytton, al-Farabi y Jean Anouilh, Nicolás de Cusa y Zora Neale Hurston, por no hablar de Descartes, Kant, Hegel, Kristeva y Derrida.
Los Cuadernos negros representan una forma que, en su estilo, posiblemente resulte singular no solo en Martin Heidegger, sino en general en toda la filosofía del siglo XX. El género con el que mejor se los podría comparar sería el «diario de pensamientos» o el «diario filosófico». Pero mientras que esta designación casi siempre relega los escritos que quedan comprendidos bajo ella al margen de unas obras completas, el significado de los Cuadernos negros habrá que considerarlo sin embargo aún en el contexto del «pensar inicial» de Heidegger.
Esta cuarta entrega de los Cuadernos negros contiene las «Anotaciones I-V», que arrancan cuando se inicia la derrota alemana en la guerra mundial y prosiguen en la inmediata posguerra. Al comienzo de las «Anotaciones IV» Heidegger cita la siguiente frase de Leibniz: «Quien solo me conoce por mis libros no me conoce». Esta frase da una indicación sobre el significado de los Cuadernos negros en su conjunto. Ellos constituyen unos singulares manuscritos escritos al margen de la esfera pública. Incluso de forma distinta que los tratados inéditos, como por ejemplo los Aportes a la filosofía (Acerca del evento), le ofrecen a Heidegger la posibilidad de escribir sin trabas su pensar sin parar mientes en formalismos.