¿Y si el verdadero éxito no se midiera por lo que acumulamos, sino por lo que aportamos? En Ambición moral, el autor e intelectual estrella de la izquierda progresista, Rutger Bregman, nos invita a repensar nuestros objetivos profesionales. Con más de 2.000 semanas laborales en una vida, ¿por qué conformarnos con empleos que no generan un impacto positivo en el mundo? La ambición moral es la voluntad de destacar, pero con una nueva concepción de la ambición: poner nuestro talento al servicio de los grandes retos de la humanidad, en lugar de perseguir cargos prestigiosos o sueldos desorbitados. A través de ejemplos históricos y actuales, Bregman demuestra que es posible conciliar idealismo y eficacia. Este libro es una guía para quienes desean transformar su carrera en una fuerza de cambio real y duradero, así como una llamada a quienes buscan dejar una huella significativa. Porque el único legado que realmente importa, es aquel que mejora el mundo que compartimos.
América no es una unidad sino un conjunto con algunos rasgos comunes, sin ignorar las grandes diferencias, sobre todo entre la angloparlante y la América Latina. La inclusión de poetas de esas dos Américas en un mismo trabajo es una decisión y no una obviedad. Los tratados, los manuales, los ordenamientos históricos y nacionales o subcontinentales descartan esa opción.
Sin embargo, desde Poe y Whitman, los primeros poetas plenamente modernos de América, hasta Zurita; o desde William Carlos Williams y Ginsberg hasta Sergio Raimondi, el aclamado profesor y poeta Edgardo Dobry forja en el fascinante recorrido de este ensayo un canon renovado de la poesía americana; un árbol genealógico de los últimos doscientos años que hunde sus raíces en insólitas correspondencias a través de todo el continente.
De aquellos padres fundadores hasta hoy, ¿cuáles son los rasgos que unen a las dos Américas? La constelación de voces que se encuentra en este libro señala un claro vínculo de impulsos e inquietudes compartidos. En los versos de poetas de Estados Unidos, Argentina, Nicaragua, Chile, Perú, Cuba y México encontramos algunas respuestas y, al mismo tiempo, nuevos interrogantes.
En 1507, cuando el cartógrafo Martin Waldseemüller publicó un mapa del mundo, denominó América a un nuevo continente, descubierto poco antes, en honor al navegante y explorador Américo Vespucio. El nombre hizo fortuna y años después se extendió al hemisferio norte de aquellas tierras, aunque no correspondía al de su auténtico descubridor y el propio Waldsemüller pensaba que había elegido mal el nombre. Ésta es la historia de esa curiosa denominación, y también la biografía de un maestro de la autopromoción. Nacido en 1454 en la Florencia de los Médicis, para los que trabajó en su juventud, Américo se trasladó a Sevilla en 1491. Fue amigo y rival de Cristóbal Colón, y colaboró en la segunda y tercera expediciones de éste a las Indias, antes de embarcarse él mismo por lo menos en dos ocasiones y de explorar la costa de lo que hoy es Brasil. El hombre que dio su nombre al Nuevo Mundo emerge en estas páginas como un acabado producto de una riquísima época: proxeneta, mago, aventurero, intrigante, hábil navegante (aunque no al principio), autor de deslumbrantes crónicas de viajes, siempre al tanto de los últimos avances científicos y capaz de apropiarse de honores inmerecidos. Fernández-Armesto, valiéndose de una cantidad ingente de fuentes y documentos, ha escrito la primera biografía de Vespucio que consigue distinguir la realidad de la leyenda.