Presentamos aquí una selección de los artículos que Julio Camba publicó entre la Revolución de Asturias, en octubre de 1934, y el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936. En ellos, aborda la situación social y política de una España marcada por el auge de los extremismos y el deterioro de la convivencia. Y después, centra su atención en el orden internacional de entreguerras, que comienza a descomponerse ante el avance de las tendencias totalitarias. Fiel a su espíritu ácrata, Camba dirige su afilada ironía contra los poderosos, contra la politización de todos los ámbitos de la vida y contra otros aspectos de la sociedad de su tiempo. Así, desde una España y un mundo camino del desastre, nos ofrece una lección de periodismo que cobra hoy una inquietante vigencia.
En esta obra encontrarás los ensayos esenciales de Enrique Dussel sobre la formación de las múltiples opresiones que confluyen en la configuración del sistema-mundo moderno, colonial, racista y patriarcal. El punto de partida necesario para un diálogo no eurocéntrico sobre la Historia mundial por construir. Los textos que aquí reunimos analizan la modernidad temprana y profundizan en las implicaciones filosóficas de la formación de la llamada modernidad occidental producida a partir de la conquista de América Latina.Dussel nos acercó las piezas de la historia y narró desde México, Sevilla, Rabat, Alepo y Seúl, cómo pensar una Historia que pueda superar el capitalismo y descolonizar el resto de formas de conocimiento. Esta es, entonces, otra Historia mundial para contribuir a la transformación del mundo. Esa Historia en la que el maestro militó durante toda su vida, es hoy también nuestra causa, la causa de la liberación de todos los pueblos oprimidos.
En 1932, la música, como las demás disciplinas artísticas, fue reducida a una única doctrina: la del realismo socialista. La finalidad del arte era servir al Estado. Los músicos tuvieron que someterse a la línea ideológica del partido. Algunos la sortearon como pudieron; otros, sin embargo, no se doblegaron, y sus obras fueron prohibidas, sus conciertos cancelados y ellos relegados al olvido. Eso sucedía en el mejor de los casos, porque en el peor se los destinaba a campos de trabajo en Siberia o simplemente eran ejecutados. Músicos de la altura de Dmitri Shostakóvich y Serguéi Prokófiev e intérpretes de fama internacional como Mstislav Rostropóvich, Sviatoslav Richter, David Oistrakh, Leonid Kogan y Mariya Yúdina fueron capaces de crear melodías sublimes en las circunstancias más hostiles y oscuras. Pero esa política represora no sólo se circunscribió a la música clásica. La Asociación Rusa de Músicos Proletarios (RAPM) se ocupó también de la música ligera. Era conocida la afición de Stalin por ese tipo de música, así que, en consecuencia, la represión fue menor que en la música y la literatura clásicas. Pero, con todo y con eso, los intérpretes no podían bajar la guardia.