Si algo hemos valorado este año han sido los parques, las terrazas y los demás lugares al aire libre donde podíamos reencontrarnos y celebrar. El espacio común es mucho más que el escenario en el que la vida se desarrolla. Influye en cómo desarrollamos nuestra actividad cotidiana y nuestras relaciones personales y se acaba adaptando a cada necesidad. Los arquitectos y diseñadores pueden contribuir a ello o hacer espacios hormigonados que prioricen el tránsito y la videovigilancia.
“El radiante mañana” prometido por Stalin —y antes anunciado por Lenin— era una brillante utopía que sirvió para esconder un totalitarismo represivo que trajo luego la estabilización de un poder dictatorial en manos de una casta privilegiada, la nomenklatura. La expansión a Asia, a través del maoísmo en China, o su proyección sucursalista en Europa con las democracias populares, tampoco aportaron una mejora sustancial en cuanto a la humanización del sistema. Desde el principio este descansó sobre su aparato represivo y no rehuyó la práctica del terror del Estado-KGB, hoy heredado por Vladimir Putin.
A pesar de ello, en el balance político de los “frentes populares” no puede ser borrada la lucha por la democracia. Una experiencia en la cual intervinieron la entrega casi religiosa y la disciplina de muchos militantes, hasta el heroísmo, como sucedió a lo largo del durísimo enfrentamiento con la dictadura franquista.
La correspondencia entre el poeta Joan Brossa (Barcelona, 1919-1998) y el artista Antoni Tàpies (Barcelona, 1923-2012) conforma una documentación íntima excepcional que permite conocer la extensa e intensa relación de amistad y de colaboración entre dos de los grandes referentes de la vanguardia artística y literaria catalana de la segunda mitad del siglo XX.
En diciembre de 1950, después de haber inaugurado su primera exposición individual en Barcelona, Antoni Tàpies se iba a París, becado por el Instituto Francés. El 15 de diciembre de 1950 escribía a su amigo Joan Brossa para explicarle sus primeras impresiones de la ciudad y comentarle cómo de importante era para él su amistad.
Es la primera de las cartas que constituyen el epistolario entre los dos creadores formado por 32 documentos que van de 1950 a 1991. Las cartas son un rico testimonio de la fascinación por París, la atmósfera asfixiante del franquismo, el descubrimiento de la amistad y la admiración mutua en un momento clave de la evolución de la obra creativa del poeta y del pintor.