Aunque hoy casi nadie lo recuerde, Marcel Proust escribió En busca del tiempo perdido, gracias a una extraordinaria capacidad de percepción que le permitió ver lo que nadie pudo. Sus contemporáneos lo consideraron un «médium despierto» y hablaron de él en términos que hoy lo vinculan a los fenómenos psíquicos. Este hecho demostrado en las páginas de este estudio fue silenciado por la crítica literaria... hasta ahora.
Telepatía, clarividencia y premonición son temas que impregnaron la mirada de una de las más grandes obras de su tiempo. El poder evocador de nombres, lugares y cosas, incluso su proyecto de viajar en la memoria para encontrarse con el origen de todo, se desvela como la aventura de una conciencia expandida. El escritor y las ciencias psíquicas reivindica esa capacidad, la contextualiza y aporta una visión más completa que nunca de la mente de Proust.
Escrito en 1940, este libro es un verdadero fresco antológico, una especie de viaje iniciático a través de textos de Lewis Carroll, William Blake, Rimbaud, Goethe, Julien Gracq, Kafka, Ovidio o Platón, así como de cuentos y leyendas indios, árabes, finlandeses o australianos, que se presentan como ese mundo maravilloso que todos tenemos dentro. Toda una exploración del universo poético en torno a diferentes temas arquetípicos, como la creación y destrucción del mundo, la lucha contra la muerte, los viajes fantásticos, la predestinación, la búsqueda del Grial o la potencia mágica del amor.
Este no es un libro cualquiera: es una “conversación” con un apasionado editor de los albores de la imprenta. Su apariencia de glosario y su intención pedagógica lo alejan de una lectura convencional y lo convierten en una auténtica aventura. Adentrarse en las escuetas y precisas palabras de Gaetano Volpi resulta balsámico, apaciguador, genuino. Volver a las fuentes primeras, a las sabias reflexiones de quienes nos precedieron en el oficio editorial, de quienes hacían las cosas con la debida calma, ‘festina lente’, que pensaban y aprendían de su experiencia y de sus errores al ritmo que imponen el saber hacer y el trabajo bien hecho… Obras como esta son un homenaje al trabajo y la entrega ded tantísimos que han hecho posible el desarrollo imparable de los libros hasta nuestros días. Estamos, pues, en deuda con ellos, y les debemos una reposada y atenta lectura que compensarán con buen humor y buenos consejos pese a los muchos años que nos separan.
El grado cero de la escritura, publicado en Francia en 1953, es el primer libro de Roland Barthes, y el germen de una reflexión sobre la literatura y el lenguaje que resulta aún hoy ineludible.
¿Dónde ubica él la escritura? En el espacio que se abre entre la lengua (ese repertorio que se hereda y que funciona como una tradición no elegida) y el estilo (los rasgos más íntimos –imágenes, léxico–, que provienen del pasado del escritor y que configuran una mitología secreta que se le presenta como una imposición casi biológica, como los automatismos de su arte): precisamente allí, entre ambos, se instala la escritura, concebida como la posibilidad de decidir sobre el horizonte discursivo propio, de ejercer una libertad no exenta de condicionamientos pero imprescindible para afirmar cualquier proyecto literario. La escritura es así el enlace entre la creación y la sociedad, es la posición que un escritor sostiene y construye en relación con la historia y con las convenciones: un acto de conciencia, de responsabilidad, determinado cada vez por los límites ideológicos de la época.
A este texto pionero, que condensa ideas clave de la obra de Barthes, le siguen los Nuevos ensayos críticos, pequeñas piezas que buscan echar luz sobre autores y obras: La Rochefoucauld, Chateaubriand, Proust o Flaubert, además de un apartado que describe el abecé del análisis estructural y, por extensión, de cualquier análisis literario.
Frecuentar los libros de Barthes no depara sino sorpresa y regocijo: el efecto de los clásicos, cuya elocuencia parece no estar amenazada por el tiempo.
En esta obra fascinante sobre los orígenes del libro, Irene Vallejo se adentra en la historia de un artefacto incomparable que nació hace cinco milenios, cuando los egipcios descubrieron el potencial de un junco al que llamaron papiro. Con gran sensibilidad y admirable capacidad narrativa, la autora se remonta a los campos de batalla de Alejandro, los palacios de Cleopatra, las primeras librerías y los talleres de copia manuscrita, pero también visita las hogueras donde ardieron códices prohibidos, la biblioteca de Sarajevo y el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000. Los tiempos se funden y refunden en la aventura colectiva de quienes solo han concebido la vida en compañía de la palabra escrita. Y este ensayo único acaba prolongando el diálogo infinito del que tan magistralmente habla.
El infinito en un junco, de Irene Vallejo, es un canto extraordinario al amor por los libros que ha seducido a millones de personas en todo el mundo. Este libro sobre libros emprende otro vuelo en forma de adaptación gráfica a cargo del dibujante Tyto Alba, cuyas excepcionales ilustraciones nos trasladan a los campos de batalla de Alejandro Magno, los palacios de Cleopatra, las primeras librerías y los talleres de copia manuscrita, pero también a las hogueras donde ardieron códices prohibidos, la biblioteca bombardeada de Sarajevo y el laberinto subterráneo de Oxford en el año 2000. Estos dibujos y acuarelas, que cuentan la historia de un artefacto incomparable nacido hace cinco milenios, cuando los egipcios descubrieron el potencial de un junco al que llamaron papiro, nos hacen partícipes de la aventura colectiva de quienes han salvaguardado los libros desde entonces.
En esta nueva versión, revisada y aumentada, las fabulosas ilustraciones de Tyto Alba cobran aún más relevancia y el resultado es una adaptación gráfica para jóvenes de todas las edades.
«Este libro, nacido como tributo a los libros, tenía que ser el mejor cómic que fuéramos capaces de crear. Así que nos embarcamos en la odisea de reescribirlo: una versión renovada con mayor protagonismo del dibujo. Pudimos incorporar cientos de sugerencias, propuestas y pasajes favoritos de quienes llamo cariñosamente “tribu del junco”». Irene Vallejo