Se conocieron en la adolescencia y, a pesar de algunos desacuerdos, el amor por el surf logró unirlas. Sin embargo, la vida de Avery, Isabella, Odina y Lee cambió tras la desaparición de Josie durante el festival de música en la isla de Harbour Bridge. Diez años después aparece el cadáver de una mujer. ¿Podría ser el de su amiga? Este descubrimiento revuelve muchos recuerdos que Isabella, inútilmente, intentaba esconder.
Abraham Stoker nació en Dublín en 1847. Fue un niño enfermizo y desempeñó en su juventud un puesto de funcionario, hasta que a los treinta y un años decidió abandonar su empleo para convertirse en agente y secretario particular del actor inglés Henry Irving, propietario del teatro Lyceum de Londres. En el tiempo libre que le dejaba el trabajo, Stoker no sólo escribió Drácula (1897), la obra que lo hizo inmortal, sino otras novelas fantásticas, como La joya de las siete estrellas (1903), La dama del sudario (1909), o La madriguera del gusano blanco (1911). «Los seres que llamamos vampiros existen. Algunos de nosotros tenemos pruebas irrefutables de ello». Ha pasado más de un siglo desde que el profesor Van Helsing, uno de los protagonistas de «Drácula», pronunciara estas palabras, y el mito sigue vivo gracias a la capacidad sobrenatural del hombre-vampiro para mutar y adaptarse a los nuevos tiempos: infinidad de películas, musicales, cómics, etc., así lo atestiguan.
Escritos ocho años antes que Ulises, los quince relatos que componen "Dublineses" son el primer gran acercamiento de James Joyce a su ciudad, Dublín, a la que describe, con realismo irónico y burlón, detenida en el pasado y sojuzgada por el Imperio británico y la Iglesia católica. Esta aproximación a los dublineses de clase ímedia y baja, que contiene muchos detalles autobiográficos, conforma una curiosa unidad de la que surgen personajes que aparecerán en obras posteriores del mismo autor. Ochenta años despues de la muerte de Joyce, otro realista, Javier García Iglesias, interpreta en imágenes, con asombroso detallismo, al gran autor irlandes, en una nueva traducción de Susana Carral que se ajusta con mayor precisión al ritmo y el estilo del texto original ingles.
Noelle Meyer y Evan Sinclair son secuestrados durante las vacaciones de primavera de su último año de instituto. No saben por qué los han elegido a ellos, solo que comparten un trágico pasado: el padre de Evan se libró de la cárcel por el asesinato de la madre de Noelle, provocando que la familia de ella se arruinara cuando se dictaminó que la muerte había sido accidental.
A pesar de que ese pasado común debería haberlos convertido en enemigos, los adolescentes se unen para enfrentarse a otro denominador común: sus captores. Noelle y Evan sobreviven a una experiencia sádica tras otra hasta que consiguen escapar agónicamente. Pero todo final feliz tiene un precio…
Unos años más tarde, Evan, investigador privado, vuelve a la escena del crimen cuando se entera de que sus secuestradores tal vez sigan en activo. Le pide ayuda a Noelle, con quien descubre que alguien llamado el Coleccionista tiene las respuestas. Para cerrar su propio caso y resolver los que le sucedieron, Noelle y Evan deben desenmascarar a este espectador misterioso: el único hombre que conoce los secretos que podrían acabar con sus raptores.
«La televisión, desde la superficie hacia sus profundidades, trata del deseo. Y el deseo es a la narrativa lo que el azúcar es a la comida humana».
En un momento en que la cultura audiovisual está más presente que nunca gracias a las plataformas de streaming y el consumo (masivo y doméstico) de series y películas, este ensayo de David Foster Wallace, uno de los más influyentes del autor, se vuelve una lectura imprescindible y atemporal.
Este libro pone el foco en el impacto que el imaginario de las series de televisión norteamericanas tiene en la literatura. Frente a la incapacidad de escapar de su influencia, el uso de la ironía se ha convertido en la única defensa posible. Gracias a este análisis, Foster Wallace perfila al individuo del siglo XXI: un ser anclado a una pantalla y atravesado por la cultura popular.
Un breve ensayo de los recientes ganadores del Premio Nobel de Economía.
Entre los economistas, existe un amplio consenso con respecto a que las políticas públicas deben buscar formas de reducir o eliminar los fallos del mercado y las medidas distorsionadoras. Pero Acemoglu y Robinson sostienen aquí que esta conclusión es a menudo incorrecta, porque ignora la política. De hecho, existen fuerzas sistemáticas que a veces convierten la buena economía en mala política, y esta última, por desgracia, prevalece con frecuencia sobre el bien económico.
Los autores subrayan que se debe tener especial cuidado con las repercusiones políticas de las reformas económicas que cambian la distribución de los ingresos o las rentas en la sociedad de un modo que beneficia a grupos ya poderosos. En otros términos, las medidas bien intencionadas pueden inclinar aún más la balanza del poder político en favor de los grupos dominantes, dando lugar a consecuencias adversas para los equilibrios políticos futuros. Así lo muestran una serie de episodios históricos recientes, como la desregulación financiera estadounidense que desembocó en la crisis de 2007-2008, o la privatización de empresas en la Rusia postsoviética, que al debilitar el proceso de reforma política allanó el camino para el ascenso de la oligarquía y el régimen autoritario de Putin.