Cuando el mundo nos hiere con una flecha metafórica, muchos de nosotros nos pasamos los días tratando de buscar respuestas a preguntas incontestables. ¿Por qué me han herido? ¿A quién debo culpar? ¿Volverá a ocurrir? Bajo esas preocupaciones subyace una verdad profunda: aunque lo que sucedió ya quedó atrás, el miedo que ha dejado es como un veneno. Circula por nuestras venas susurrando dudas, tejiendo una prisión con nuestras propias heridas, pintando el mundo con sombras de amenaza y escasez.
Sin embargo, existe un antídoto.