El baile y la poesía se abrazan, envolviéndose en musicalidad, cadencia y gracia. Comparten un trozo de espacio y de tiempo, los devoran y nada escapa de su hambre eterna de sonido y movimiento. El baile inmortaliza la interacción entre el hombre y la dama, en el mutuo consenso de girar en el viento cargado de fuego y melodías. El poeta, al igual que un caballero, debe invitar a la poesía y, con su venia, el poema fluye, late su corazón, le brotan carne y huesos, respira y baila.
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