Los pies prestados no es uno de los tantos títulos que, para niños y jóvenes, proliferan en el mapa literario. Su autor sabe indagar, con cuidado de orfebre, en cierta madeja escritural enredada, el mundo de la infancia. Pero no es este el sitial del niño común, que cuenta su historia para mayor o menor interés del público. Al contrario, hablamos aquí de un monumento —pequeño en estructura y en el tamaño de sus páginas— al niño extraño, al niño en busca su sitio, al pequeño observador que, desde su silla de ruedas, contempla al mundo, la amistad y la vida.
Elaine Vilar Madruga
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