Después de la Primera Guerra Mundial y con nuevos derechos políticos, las mujeres llegaron a los nuevos y deslumbrantes rascacielos de Manhattan para estrenar su independencia económica. Pero no iban a aceptar menos comodidades de las que disfrutaban los hombres.
Construido en 1927, el hotel Barbizon se diseñó como un lujoso refugio para la «mujer moderna» que deseaba hacer carrera en el mundo del arte. A lo largo de los años, sus casi 700 pequeñas habitaciones alojaron a muchas jóvenes ambiciosas que buscaban alcanzar la fama y la fortuna: entre ellas, a Molly Brown, superviviente del Titanic; a las actrices Grace Kelly, Liza Minnelli, Ali MacGraw y Jaclyn Smith; y a las escritoras Joan Didion, Gael Greene, Diane Johnson y Meg Wolitzer. Sylvia Plath relató su estancia allí en La campana de cristal. Asimismo, la revista Mademoiselle y la escuela de secretariado Katharine Gibbs alojaban allí a sus estudiantes, y la agencia de modelos Ford, a sus jóvenes modelos.
A pesar de que no todas las mujeres que atravesaron las puertas del Barbizon estaban destinadas al éxito, el hotel ofrecía a sus residentes una habitación propia y una vida sin obligaciones familiares: les dio a las mujeres la oportunidad de rehacerse a sí mismas como quisieran.
Todos los franceses conocen al Charles de Gaulle militar, al político, al hombre de Estado, y todos recuerdan su guasa, su ingenio, su sentido del humor y su habilidad para la réplica aguda. Y, por supuesto, su causticidad inimitable. Todos los que lo rodeaban fueron sus víctimas, al igual que ese partido político del que él declaraba: «No puedo decir que los deteste. Se puede detestar a Hitler o a Stalin. No se puede detestar la nada». Cada una de sus agudezas daba en el blanco, cualquiera que fuera el objetivo; pero el humor, feroz a más no poder, nunca era verdaderamente gratuito. Subrayando las peculiaridades de unos, las vilezas de otros y la mediocridad imperante, Charles de Gaulle, fino conocedor de la naturaleza humana y uno de los políticos más influyentes del siglo XX, nos muestra en esta selección de sus comentarios más ingeniosos la visión de los seres y de las cosas de una figura que sigue siendo una fuente de inspiración.
Un hombre que criticó con ingenio las injusticias y vivió aventuras insólitas para su época.
Durante el primer tercio del siglo XX, pocos personajes disfrutaron del éxito y la popularidad de Luis de Oteyza (1883-1961). Reconocido escritor de viajes, novelista de aventuras, poeta, diputado y diplomático, el punto álgido de su fama lo debió a su particular manera de ejercer el periodismo. Así, contradiciendo el maniqueísmo informativo propio de las guerras, en agosto de 1922 se desplazó hasta Marruecos para entrevistar al principal enemigo de España: Abd el-Krim, el líder de la revuelta rifeña cuyas tropas habían humillado al ejército español en el conocido como Desastre de Annual.
Ludwig van Beethoven fue un artista hecho a sí mismo, creador de una música que, a día de hoy, sigue conmoviéndonos. Pero ¿quién fue el joven Ludwig, antes de convertirse en Beethoven?
Nacido en el seno de una familia humilde de Bonn, el pequeño «Luddi» tiene que afrontar desde tierna edad una vida difícil, dirigida con ritmo despótico por un padre alcohólico y endeudado, que quiere sacar partido de su talento en bruto y le exige una y otra vez que deje de componer sus propias piezas, y que toque al piano únicamente lo que se espera de él...
Mikael Ross ha imaginado al joven genio tomando como referencia los diarios reales que escribieron los Fischer, los vecinos de los Beethoven en Bonn, que ofrecen un retrato atípico de la disfuncional familia que habitaba la vivienda de arriba y que sin embargo alumbró a uno de los mayores genios de la Historia. El resultado es una experiencia inmersiva y fascinante, a medio camino entre el drama social y el humor.
Al final de la Primera Guerra Mundial, el emperador de Alemania fue denostado como un perturbado y un tirano sediento de sangre que había conducido a Europa al desastre. Sin embargo, durante treinta años de reinado había sido ensalzado, y para millones de personas había encarnado la idea de una nación moderna, dinámica y poderosa.
El pormenorizado análisis de Christopher Clark descodifica a un líder y un hombre de su tiempo. Ni héroe ni villano, ambicioso en el ejercicio del poder, pero dubitativo y ambivalente, sin un programa político coherente, temeroso de la guerra y constreñido por otras fuerzas políticas, cuando no opacado por caudillos como Otto von Bismarck o Paul von Hindenburg.
Un estudio imprescindible sobre el poder del último emperador alemán.
Una historia y un análisis de la figura de Vladímir Putin, pero también de la historia de Rusia después de la Segunda Guerra Mundial.
¿Quién es Vladímir Putin y qué pretende este hombre que ignora deliberadamente todas las lecciones de historia que se derivan de la implosión de la URSS en 1991 y cuyo único sueño es reconstruir el imperio de los zares utilizando los métodos totalitarios y exigentes de la KGB? ¿Cómo se convirtió en la persona que es ahora? ¿Cómo ascendió al cargo más alto en la Rusia postsoviética? ¿A qué se debe esa pulsión belicista que le ha llevado a sembrar muerte y destrucción desde Chechenia a Georgia, desde Crimea al Donbás y, finalmente, a desatar su “operación militar especial” contra Ucrania? Más allá del rearme masivo del ejército ruso, ¿cuál es su poder real? ¿Y por qué la conquista de Ucrania se ha convertido en su obsesión personal?
Las respuestas a estas y muchas otras preguntas candentes se encuentran en este trabajo de expertos franceses y extranjeros sobre la URSS y Rusia, bajo la dirección de Galia Ackermann y Stéphane Courtois.